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Como
enviado especial de un conocido semanario español, Andrés
Jareño se desplaza a Moscú para investigar la venta
de ciertos archivos secretos de la KGB que alguien ha
realizado ilegalmente a un español. Durante su permanencia
en lo que hasta hace poco fue la U.R.S.S. y ahora es
sólo un país que se agrieta, un laberinto de confusiones,
Viktor, el amigo ruso que ayuda a Andrés en su investigación,
"desaparece" sin explicaciones, y, en cambio pero también
sin explicaciones, "aparece" Tatiana, una muchacha con
la que Andrés había mantenido tiempo atrás cierta relación
que de ninguna manera podría calificarse de vulgar.
Devanando por el hilo el ovillo, o creyendo devanarlo,
Andrés se verá metido de lleno, a la vez que en un amor
al que no podrá resistirse, en una acción de la que
es posible que no resulte actor, sino marioneta: acción
que implica a la KGB, a los piratas del nuevo mercado
ruso ávidos de dinero, al próximo presidente de Estados
Unidos...
Hay
novelas que piden una lectura reposada y plácida mientras
otras corren como caballos hacia una meta que se ignora
a la vez que pasan cosas, se suceden los acontecimientos,
cambia la vida. Secretos pertenece a esta última clase:
un argumento "muy cinematográfico" perfectamente trazado,
unos personajes limpiamente verosímiles, una trama que
podría ser real -de hecho, mientras el autor escribía
esta novela, se destapó otro asunto parecido-, una construcción
que funciona con la neta eficacia de los relojes de
precisión cuyo ruido nunca se percibe, un lenguaje con
el que no tropieza el lector... Todo eso, en fin, que,
parecido muy fácil, es tan difícil: un tipo de narrativa,
en resumen, poco frecuente en nuestro panorama.
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